H.Corazón….(continuación)

¡Ya buscaremos casa y las seguiremos ayudando!

Al comenzar la segunda guerra mundial (1939), la invitaron a salir del país si lo deseaba, pero su opción fue valiente: “Nunca pensé en salir porque siempre dije ‘yo puedo’. Dios me ayudó a pesar del miedo”. Y se quedó como Superiora de una comunidad con doce hermanas. Las palabras de la M. San Luis de Caso, Superiora general en aquel tiempo, la alentarán en los momentos más difíciles: “yo no la puedo guiar desde aquí, me decía, encomiéndese al Espíritu Santo y haga lo que Él le inspire.” Su celo por la salvación de las jóvenes ya estaba ardiendo y continuó sin extinguirse a lo largo de toda su vida.

De su paso por Londres han quedado vivas en su memoria cientos de experiencias, pero dos de ellas son las que recuerda con mayor emotividad:

La oportunidad que le dio el Señor de ayudar a jóvenes judías, provenientes del Este de Europa. “Esas chiquitas venían con el corazón roto de haber visto a sus madres ir como un rebaño hacia la cámara de gas. “No work. No money” (No trabajo. No dinero), así se expresaban en su incipiente inglés. La respuesta consoladora no se dejaba esperar: “No te preocupes, te encontraremos trabajo y dinero”. Pero para conservar el trabajo había que enseñarles lo más elemental de inglés. La H. Corazón no dudó en auxiliarse con diccionarios en las lenguas de origen de las chicas (húngaro, rumano, austriaco), para que pudieran conservar su trabajo. “Nunca nos faltó comida para darles, ni lugar donde dormir. Dios nos salió siempre al paso”.

La destrucción de la casa por el estallido de una bomba B1, la noche del 26 de junio de 1945, nos la describe así: “Era la una de la mañana. Todos los relojes se pararon. El frente de la casa desapareció. Sólo una de las hermanas resultó herida. Pedí al padre Mathew, Superior de los Carmelitas, que se llevara el Santísimo. Pasando por un montón de escombros, llegamos al altar a rescatar el sagrario”. A las 8 de la mañana, la H. Corazón, acompañada de la H. María de Jesús, va en busca de una casa nueva.

Cuentan con el apoyo incondicional del Cardenal Griffin, que quedó admirado de la respuesta de la H. Corazón ante el desastre: “Eminencia, mientras estas jóvenes estén aquí, nosotras también. ¡Ya buscaremos casa y seguiremos ayudándoles!” ¿Cómo no buscar una casa al escuchar el llanto de las jóvenes al ver la casa de ‘sus madres’ —como ellas las llamaban—, destruida? Al cabo de unos meses se había conseguido una nueva casa.

Diecisiete años en Londres. Dios colmará los deseos de esta alma misionera, aunque le falta dar un alto: San Sebastián, España, donde desde 1948 a principios de 1951 fue Superiora de la comunidad.

 

De Europa a Asia

La beatificación de Vicenta María trae como regalo la apertura de una fundación en la India. Se realiza para ella el sueño tan anhelado de ser misionera. Eran los primeros meses del año 1951 cuando alzaron el vuelo las cuatro primeras Religiosas de María Inmaculada a la India, con la H. Corazón como Superiora. Un campo vasto que marcará su vida para siempre. Su celo apostólico no tendrá límites: buscar casa y recursos económicos para acoger a cientos de pequeñas.

El Obispo les abre las puertas proporcionándoles un edificio, propiedad de la Diócesis de Bombay. Lo adaptan y albergan, por lo pronto, a treinta y cinco pensionistas. Y las “pequeñas” empleadas de hogar no tardan en buscar refugio en “su” nueva casa. No había espacio suficiente. La primera empleada de hogar es una niña de nueve años. Algunas de estas pequeñas eran tratadas como esclavas. La vitalidad del Carisma de Vicenta María irrumpe con toda su fuerza y estas jóvenes empiezan a abrirse camino en la vida a través del estudio y el trabajo.

En 1958, adquieren una casa, “Regina Pacis”, utilizada para acoger a cientos de jóvenes. Hará falta buscar donativos. La H. Corazón no duda en tocar puertas y almas en Londres, Roma, México, Estados Unidos. Uno de los grandes apuros económicos lo resolvió el Obispo de Boston, quien sin, más les donó diez mil dólares.

A casi cincuenta y cinco años de fundación en la India, se ven los frutos de aquellos primeros trabajos: muchas de aquellas chicas cursaron estudios universitarios, formaron una familia, viven en condiciones económicas solventes. Una de las primeras satisfacciones fue ver que la Fundación suscitó, desde el inicio, vocaciones nativas.

 

 

 

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